martes, 16 de agosto de 2011

La tolerancia es el primer síntoma de inteligencia.

Rompiendo con una de mis frases en la última publicación (Adycto, tenías razón, no me lo creía ni yo) decido publicar este breve pero conciso artículo.

Hace ya un mes, coincidí con una hermana de una congregación que para por la zona de Miño, A Coruña, en una reunión de miembros de Acción Católica General. La cosa fué que nos reunimos aprovechando la presencia de un campamento diocesano de Orense en un antiguo convento que hay en Miño. Una vez terminada la parte "seria" de la reunión, comenzamos a tomarnos un café y unas pastas, a la vez que iban saliendo temas de conversación variados.

Y como no, pasados unos minutos se abordó el tema de los niños. Mi mujer y yo, por cuestiones personales que todavía no explicaré en este artículo, quizá más adelante me anime (tengo que solicitar el permiso 87C, el de "hablar de mi mujer en el blog) decidimos hace años no tener niños, por el momento. (Esta decisión en ningún caso anula la ley 48/01 de las cortes de A Lobeira que habla del instinto maternal tardío. 

Concretamente el tema salió del siguiente modo:

- ¡Jo, y ahora que estáis casados, ¿los niños para cuando?

Yo, que según mi suegra soy bruto para las contestaciones y según mis amigos soy tajante o seco, respondí:

- Ni los tengo, ni los quiero.

Esta, por lo pronto, inocua frase, viene a ser del todo inapropiada para alguien que está bautizado, ha hecho la primera comunión, ha confirmado su fe y se ha casado (en modalidad de ceremonia larga, la de 55 minutos) y cree y "comulga" con algunas de las ideas que predica la iglesia. Es decir:

Soy de la idea de que si uno se casa por la iglesia es por sus creencias y no porque la ceremonia es más bonita, porque hay iglesias estéticamente bonitas e iglesias absolutamente del montón. No puedo con la gente que se casa por la iglesia para que queden más bonitas las fotos, por presión de los familiares (ya sean padres o abuelos) o porque todo el mundo lo hace así y "nosotros no vamos a ser menos que la Conchi y su marido".

Por lo tanto, a esta hermana no le cabía en la cabeza que yo dijese lo que había dicho (en parte lógico, que me pasé tres o cuatro pueblos, para lo tolerable por una monja). Es más, lo manifestó del modo mas desagradable que desde mi punto de vista podía haber utilizado. ¡PUSO CARA DE ASCO! Si, si, como lo oís, cara de asco ante mi poco acertada frase.

Un auténtico poema, la cara que puso.

Yo, para concluir, estoy completamente de acuerdo con Arturo Valls, que concluía su monologo en el Club de la Comedia diciendo:

Si queréis tener niños no os lo penséis, porque si lo pensáis no los tendréis.

Ahí queda eso, espero vuestros comentarios, amigos.