domingo, 12 de junio de 2011

NO ME GUSTA CORRER

Como ya he comentado en otros artículos, vivo en una zona netamente boscosa y rural. Tierra de grandes parcelas dedicadas al cultivo masivo de Eucalipto (todo huele a mentolín), antaño muy rentable, y otras dedicadas a forraje para el ganado. Hierba, como diría yo o pradera, como la llaman los vecinos. Hace ya unos cuantos años, tuve una temporada de los más deportiva, me dediqué durante un año a correr y hacer ejercicio a todas horas, casi sin parar. Estaba lidiando con esta fiebre corredora cuando, un día, durante las vacaciones de Navidad, decidí “bajar” trotando a Pantín, unos 8 Kilómetros y medio. El problema no fue ese, el problema fue  que, a nadie en su sano juicio se le ocurre salir de su casa, situada en el medio del lugar de A Lobeira, un día 22 de Diciembre, Invierno puro y duro, a las 8:15 AM para estar a las 09:30 AM en Pantín.

Resulta que me levanté, no sin dejar sonar el despertador, a las 8 de la mañana. Ya me había ocupado la noche anterior de dejar preparadas las mallas, la camiseta, el chubasquero, los calcetines “pimkies” y los tenis de correr marca “Chotuno” o algo así. Con las legañas todavía queriendo tirar de mis párpados hacia la posición de “cerrado”, me puse todo el vestuario y bajé las escaleras. Entré al baño, me enjuagué la cara y cogiendo un plátano, me dispuse a correr a la vez que ponía en marcha mi pulsómetro para cronometrar la actividad.

Lo cierto es que no se veía un burro a cuatro pasos. Aquí en A Lobeira es común aparte de la falta de luz, y más en invierno y a primera hora de la mañana, que haya bancos de niebla de convección aislados, pero bastante “tupidos”. Al tema. Salí de casa trotando y cuando me había alejado ya unos 500 metros noté entre la niebla una presencia extraña que iba a cruzar por delante de mi a unos 25 metros, por una zona de árboles bastante frondosa. Se trataba de algún tipo de “bichería” de cuatro patas, posiblemente un corzo, que por aquí abundan, y que en aquel momento me erizó hasta los pelos de la regañeta. Me llené de aplomo y continué con mi “trote cochinero”. Todavía tenía por delante unos 8 Kilómetros más.

A la altura del primer Kilómetro y medio, cuando iba a pasar por delante de la segunda casa que hay en la ruta que había decidido seguir, me encontré con el segundo percance. Existe la costumbre, sobre todo en núcleos tan pequeños como en el que habito, de tener perros que “den o Raposo”, es decir, que ladren y ahuyenten al zorro cuando efectúa su ronda nocturna por los gallineros de la zona. Lo normal es amarrar a los pobres animales con una cadena al pie de una caseta, normalmente un viejo horno “reciclado” para la ocasión, ¡y ala!, que ladre hasta que no pueda más. Pero existe un segundo tipo de amarre para los canes de aldea. Este consiste en un alambre de unos 10 metros de longitud templado entre dos palos, como si de un tendal se tratase, por el que circula una argolla a la que va amarrada la cadena que ata al perro en cuestión. Todo este conjunto genera un efecto, a las 8 de la mañana de un día de invierno, de que el perro está suelto. Y uno, que aún encima fue mordido en la cara por un Pastor Alemán, cuando tan solo contaba escasos 4 años de edad, se asusta y para de correr temiendo lo peor, hasta que en el último momento, a escasos 8 metros, el pobre animal se detiene en seco cuando la cadena hace tope en el poste y no da más de si.

Pasado el susto, secado el sudor en frío y estabilizado el ritmo cardiaco, continué con mi “peripecia”. En el silencio de aquella mañana, a parte de escuchar mi compás de pisadas y respiración, también se escuchaban de vez en cuando crujidos provenientes del bosque, chirridos producidos por el viento al mecer las ramas más grandes de los eucaliptos o los pájaros que comenzaban a despertar, espero que no por mi culpa. Yo continuaba corriendo cuando 800 metros más adelante, a la altura de una casa pequeña pero muy bien conservada, sale un “Pastiche” (Cruce de Pastor Alemán y Caniche) ladrando como si me hubiese rociado “eau de Fox” por la mañana. De ese tipo de perros que son más falsos que nacer a las 25:30 horas de un 30 de Febrero, esos “preciosos y entrañables animalillos” que esperan a que les des la espalda para correr hacia ti y morderte a la altura del tobillo. Si, son los mismos que cuando uno va en coche o en moto, se quedan esperando a que pase para salir corriendo y ladrando detrás del vehículo. En el momento me llevé otro susto, este ya era el tercero en tan solo 20 minutos. Me di la vuelta, le grité un ¡PAAAASAAAA! Y di cuatro pasos hacia el hasta que lo vi perderse entre un curioso banco de niebla con forma de… ¿casa rosa?.

Decidí entonces, aumentar un pelín el ritmo y “atajar” por una pista que cruza por el medio y medio de varios montes de eucaliptos. ¿Para qué? ¿Por qué se me ocurriría esta brillante idea? Esa mañana desde luego no me había levantado muy católico, andaba un poco en “la berza”. Comencé a ascender un pequeño repecho y cuando llevaba corrido otro medio kilómetro, en medio de la nada, ni una triste edificación a la vista, me pasa un corzo macho, con sus “cuernitos” y todo, como a 5 metros de mis narices. Este si que fue “EL SUSTO” de la mañana. Creo que si me pudiese ver alguien, seguro que me veía más blanco que un leucocito de “Erase una vez la vida”.
A partir de aquí, más o menos ecuador de la carrera matutina, no sucedió nada especial hasta que me encontré a menos de un Kilómetro de mi destino. Momento en el que me pasó una de las cosas más surrealistas de todas las acontecidas esa mañana.

Estaba yo destrozándome las rodillas, bajando una cuesta abajo bastante empinada cuando, de repente me fijé y vi un bicho, mas bien alargado y pequeño, con una gran cola, que venía directamente hacia mi. Venía moviéndose como si fuera una Gineta o una Marta (ambos de la familia de los mustélidos, creo). Me armé de valor por última vez en la hora y 5 minutos de mañana que llevaba, pegué un grito seco y el bichillo se paró. Me observó e hizo ademán de emprender su camino hacia mi, momento que yo aproveché para volver a gritarle y acelerar un pelín más el ritmo. De este modo fue como espanté a lo que fuese aquel bichillo.

A raíz de esta serie de encontronazos con la madre naturaleza y la fauna que la puebla, decidí, a parte de no volver a correr en invierno a primera hora de la mañana, no volver a correr mientras no sea estrictamente necesario, no volver a correr hasta que los médicos me lo prescriban. Estos encuentros con animales de la zona me han hecho reflexionar sobre si merece la pena, por mantenerse en raya y ponerse en forma, quedarse tirado en el medio del monte con una mano menos o unos agujeros nuevos en el cuerpo, ya sean hechos por perro Pseudo-doméstico como por hembra de jabalí iracunda y muy protectora con su prole.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Hombre por Dios, no asustes a la gente, ni que A Lobeira fuese el Serengueti

Frantxu dijo...

Hombre no, tampoco esto es la selva africana, ¿no? pero hay bichería espesa, sobre todo cerca de las casas que no hay tanto cazador.

Anónimo dijo...

Eso si es cierto,primero casi los exterminamos y ahora pasamos al otro extremo, tu sigue escribiendo que a mi me encanta leerte............