domingo, 29 de mayo de 2011

MANOLO “O EPISODIO”

Manolo Rodríguez Insua, alias “o Episodio”, nació un 29 de Febrero de no importa que año, en Neaño, ayuntamiento de Cabana de Bergantiños, en plena “Costa da Morte”.

Desde muy pequeño aprendió todo lo que sabía de su padre Avelino, y de sus 4 hermanos y 3 hermanas, todos mayores que él. Como casi todo el mundo en su pueblo, hacía un poco de todo, que si plantaba remolachas, toldaba un gallinero o mataba cerdos, pero en algún momento indeterminado, había pegado un par de mareas. Aquellos meses
habían dejado un legado de años de historia y una inagotable fuente de sabiduría de la que tiraba con cualquier pretexto y a la menor ocasión; desde el bautizo de niños hasta la crianza de cerdos, los misterios de la vida no tenían secretos para “o Episodio”, aunque en el pueblo se decía que lo único que se había traído del bacalao era un sospechoso picor entre las piernas, que lo dejó sin la novia de toda la vida, y una pasión desmedida por el Veterano, …desayuno y merienda ideal.

A lo mejor, para dejar claro que era marinero, nunca abandonó las botas de goma ni las camisas de franela que lucía, fuese verano o invierno, fiel a sus principios. Solo se ponía un jersey de lana de cuello alto y punto alto que le irritaba la barba del cuello y soportaba el tiempo justo, para su visita mensual al medico de la Casa del Mar. Cuando era chaval, una escama de bacalao le había saltado a un ojo, dejándoselo opaco y muerto, como de cristal. No se disgustó mucho, porque se apañó una pensión que le daba lo justo para fumar. Lo de comer, era secundario: Llegó a pasar años en los que lo único que comía era el limón que le ponían con los “cu-ba-li-bres-debacardí”. Con sus necesidades cubiertas y la vida, según el, resuelta, le quedaba todo el tiempo del mundo para practicar su vocación, hablar por hablar. De ahí su curioso mote.

Nadie sabe por que se le ocurrió, bien entrado en la cuarentena, sacarse el permiso de conducir, pero durante una temporada frecuentó los bares de la zona con una carpeta de la autoescuela y un sobado manual bajo el brazo. En su día, fue objeto de apuestas si llegaría a aprobar o no el examen, que sacó a la segunda, pero el asunto del práctico trajo mucha más cola: Le tocó examinarse con “el Cura”, famoso en todo el departamento de tráfico por ser el azote del conductor novel desde Tui hasta Ribadeo, y por supuesto, suspendió, o al menos se bajó suspenso del Seat Ronda rojo y negro de la autoescuela. Con arrojo torero o estupidez espectacular, no se le ocurrió mejor cosa que abordar a “el Cura” nada más terminar el examen e intentar sobornarlo con una botella de “Juisqui Blacanjuai, que me mandou unha amistá de  Canadá”. A lo mejor, asombrado por la audacia, o no sé por qué, el caso es que “el cura” se lo pensó mejor y el episodio volvió con carnet, con botella y un tanto contento. El examinador pagó las copas.
Ya con carnet, en menos de un mes decidió comprarse un coche. Tenía algo de dinero bajo el mantel de la mesa camilla del salón, y fue a Carballo a mirar a ver “qué traía”. El siempre había querido un “Panchita” (antiguo Ford Fiesta) o  un Seat 123, pero no pudo ser, no abarcaba tanto “la conamía”. Así que se hizo con un, no menos llamativo, Citroên Mehari, ¡una máquina!. Motor bi-cilíndrico, bi-plaza, con una llamativa carrocería naranja chillón, una potencia máxima de 35 Caballos  y una aceleración de 0 a 100, de todo menos acelerada, ¡tardaba 37 segundos! ¡nada más y nada menos!. Ni que decir tiene que lo compró nuevo del trinque. No hubo coche más sufrido en toda la vuelta. Con el iba de aquí para allá. Se acercaba a Ponteceso a cobrar la paga, tomaba los Veteranos “Na do Sabelo”, iba a batallar a la Casa del Mar de Laxe, cargaba patatas cuando era época de cosecha o “paseaba” la escalera de su cuñado por toda la parroquia, sin saber bien para qué. Solo tenía un pero: el techo era de lona, y en invierno ya se sabe… Fue entonces, y solo entonces, cuando tuvo lugar el suceso que motiva este relato.

Pues bien, un buen día, bastantes años más tarde y muchos más kilómetros, el Mehari, muy poco cuidado, por cierto, (cabían en los dedos de una mano, y sobraban cuatro, las veces que le había cambiado el aceite), se rindió y arrojó la “capota”. Se le habían jodido bastantes enganches de la lona, así como los cierres, entre otras cosas, como algunas vibraciones relacionadas con los frenos, unos ruidos que salían de las suspensiones (ya se sabe que en aquella época, las suspensiones de la marca francesa (como la tortilla) eran muy peculiares o los ululares provenientes de aquel peculiar embrague.

Imaginaos el panorama. Pleno mes de enero; Ola de frío glaciar proveniente de Islandia; rachas de viento de 60 o 70 Km/h y allá va Manolo “o Episodio” en su chimpín, bufanda al cuello, las gafas que le habían regalado en Comercial “Monte Blanco” cuando compró la motosierra Husqvarna, en dirección a Coruña, para reparar la capota de su “bólido”, que no le cerraba. A las afueras de A Laracha, y a rigurosos 50 Km/h, velocidad a la que el pobre coche parecía desmontarse, “o Episodio”, sufriendo en sus carnes temperaturas de 2ºC, con unas “velas” que le llegaban de la nariz a ambas orejas, como si fuera un prominente mostacho, tenaz en su empeño por rematar aquella aventura en que se había convertido su…

-“Vouno levar a Toldos Don Capotas, que disque che traballan moi ben o tema este das cubricións automovilísticas”…

Se le aproxima por detrás el “Finisterre” (autobús que cubría la línea de Laxe a Coruña) en el que viajaba un servidor. En un primer momento el conductor maldijo por lo bajo al no poder quitarse aquel estorbo de delante, pero tras 15 minutos de líneas continuas atravesando la población, coches de frente y otros sucesos, el hombre se lo tomó con calma y humor. En el autobús comenzaron a escucharse risas y comentarios jocosos. Unos bromeaban acerca del “loco del chimpín” que llevábamos delante. Otros preguntaban en voz un poquitín alta y pelín indignada, que por qué íbamos tan lentos. Yo, que en aquel momento tenía algo de prisa e iba sentado delante de todo, le pregunté al conductor si no podía, ahora que llegaba una recta, adelantarle a semejante “Fitipaldi”. A lo que éste me contestó, no sin echarse a reír:

-   ¿O qué hó? ¿Seik’estás de coña, chaval?. Ahora non me quedo sin saber pa’onde vai o tipo este.

Casi 40 minutos más tarde, llegamos a la sucursal de Toldos “Don Capotas”, sita en el polígono de Marineda, donde hoy yace bajo una multinacional Sueca. A todos los ocupantes del autobús les daba lo mismo el tiempo invertido en los últimos 25 Kilómetros. Pagaba la pena poder contar la historia de aquel “loco”, cuyo origen y nombre no me atreví a desvelar, por si alguien asociaba a mi familia, por parte de padre, con la suya. Que la gente es muy mala y, como diría Roberto, el de Land Rober, “A CABEZA NON PAAAARA”.

Así, y no de otro modo, fue de cómo Manolo “o Episodio” consiguió una pulmonía de campeonato, los mocos congelados más largos de toda la Provincia de la Coruña, 18 sabañones en manos y orejas y, en definitiva, otro “episodio” para contar a quien quisiera o no quisiera oírlo, que a el no le gustaba dejar a nadie con las ganas de saber más.

Gracias, amigo y “hermano”, por haberme echado una mano.

1 comentario:

Adycto dijo...

muy bueno el post...me ha encantado la historia....